El mundo que habitamos no es el de una crisis. Es el de varias, simultáneas, que se retroalimentan: autoritarismos en ascenso, retrocesos legales sobre derechos sexuales y reproductivos, conflictos armados, crisis climática, desinformación organizada, achicamiento del espacio cívico. Para las defensoras de derechos humanos —mujeres, niñas, personas trans y no binarias que sostienen el tejido de los movimientos desde territorios, comunidades, fronteras y exilios— esto no es una metáfora. Es el ambiente en que hacen su trabajo, cada día.
Y en ese contexto, alguien tiene que contar lo que está pasando. No como crónica de víctimas. Como análisis político de sistemas.
El backlash no es espontáneo
Hay una narrativa cómoda sobre el retroceso en derechos: que es una reacción comprensible, aunque lamentable, frente a cambios demasiado rápidos. Esa narrativa es falsa.
Lo que enfrentan hoy las defensoras no es una suma de amenazas aisladas. Es un sistema organizado: movimientos anti-derechos con infraestructura financiera, redes religiosas conservadoras con alcance transnacional, actores digitales que coordinan campañas de acoso y desinformación, marcos legales diseñados para criminalizar la defensa de derechos bajo el nombre de «seguridad» o «soberanía». El backlash tiene arquitectura. Y esa arquitectura tiene que ser nombrada como lo que es: un proyecto político.
Al mismo tiempo, las defensoras siguen construyendo. Sistemas de cuidado colectivo, redes de protección mutua, estrategias de defensa digital, alianzas que sostienen la continuidad del activismo cuando el Estado falla, cuando el financiamiento se agota, cuando la fatiga acumulada amenaza con ganar. Eso también es datos. Eso también es análisis.
El problema con la investigación que no escucha
Hay una larga tradición de informes globales sobre derechos humanos que documentan violaciones sin producir conocimiento situado. Metodológicamente impecables. Políticamente vacíos. Que cuentan cuántas defensoras fueron asesinadas pero no por qué los patrones varían por región, identidad, tipo de defensa. Que registran el acoso digital pero no las estrategias con que los movimientos lo enfrentan. Que citan a organizaciones del Sur Global como fuente de datos pero no como productoras de análisis.
Esa investigación es extractiva. Llega, toma lo que necesita y se va. Y el conocimiento que produce sirve principalmente a quienes ya tienen acceso a los espacios donde circula.
La investigación feminista tiene que hacer otra cosa. Tiene que producir conocimiento desde las realidades de quienes defienden derechos, no sobre ellas. Tiene que tratar a las defensoras y a sus organizaciones como co-productoras del análisis, no como informantes. Tiene que ser diseñada de modo que quienes participan en el proceso reconozcan su propia experiencia en los resultados —y que puedan usar ese instrumento.
Eso requiere tiempo. Requiere cuidado metodológico genuino. Requiere asumir que la autoridad epistémica no viene de la distancia institucional sino de la proximidad con las realidades del activismo.
La seguridad en primer lugar
Producir evidencia sobre el trabajo de las defensoras en contextos de alta exposición no es un ejercicio neutral. Nombrar puede proteger. Y nombrar puede poner en riesgo. Esta tensión no desaparece con buenas intenciones: tiene que estar integrada en el diseño metodológico desde el principio.
Eso significa protocolos de anonimización rigurosos, infraestructura digital que minimice riesgos, consentimiento informado real —no un formulario firmado— que incluya una conversación honesta sobre las implicaciones de participar. Significa que la seguridad de las personas que participan en un proceso de investigación es responsabilidad del equipo que lo conduce, no de quienes están siendo investigadas.
Y significa, también, entender que hacer visible el trabajo de las defensoras en contextos de backlash es en sí mismo un acto político. Una forma de disputar las narrativas que las criminalizan, las silencian o las invisibilizan. Una forma de construir solidaridad global en un momento en que los movimientos feministas están siendo atacados de formas coordinadas y con recursos.
Por qué esto importa ahora
Los sistemas de monitoreo de la cooperación internacional miden resultados. Los informes globales documentan violaciones. Los mecanismos multilaterales adoptan resoluciones. Pero hay algo que todo eso sigue sin capturar sistemáticamente: la inteligencia política que producen las propias defensoras sobre sus contextos, sus estrategias, sus victorias, sus necesidades.
En un momento de contracción del espacio feminista, esa inteligencia es un recurso político central. Y producirla requiere investigación que no sea extractiva. Que no reproduzca, en su propia metodología, las asimetrías de poder que dice estar documentando.
La policrisis no es un telón de fondo. Es el sistema que produce las condiciones en que las defensoras trabajan y el que organiza las fuerzas que las atacan. Entenderlo así cambia las preguntas que hacemos. Cambia quiénes participan en construir las respuestas. Y cambia lo que hacemos con el conocimiento que producimos.