*Por Asier Hernando, Lourdes Huanca y Sofía Sprechmann Sineiro, Foro Permanente Latinoamericano por la Decolonización de la Cooperación.
Durante años hablamos de reformar la cooperación internacional. De mejorarla. De hacerla más eficiente, más inclusiva, más local. Sin embargo, cada crisis parecía confirmar que los cambios eran insuficientes. Persistían las mismas preguntas sobre quién decide, quién financia, quién define las prioridades y quién tiene legitimidad para hablar sobre el futuro de nuestras sociedades.
La crisis actual de la ayuda internacional ha puesto estas preguntas en el centro del debate. Los recortes abruptos de financiamiento, el cierre de programas y el repliegue de muchos donantes han generado incertidumbre para miles de organizaciones y comunidades. Pero también han hecho visible algo más profundo: no estamos únicamente frente a una crisis financiera. Estamos frente a una crisis de un modelo de cooperación que desde hace décadas arrastra profundas asimetrías de poder.
Fue precisamente en este contexto que nació el Foro Permanente sobre la Descolonización de la Cooperación Internacional como un espacio de construcción. Es un lugar donde organizaciones, movimientos sociales, redes, académicos y activistas de América Latina imaginan colectivamente qué debería venir después.
Desde el inicio, el Foro entendió que no bastaba con criticar el modelo actual. Era necesario proponer alternativas. Y para ello optó por el camino de la construcción colectiva. Desde hace más de un año, decenas de organizaciones y personas participan en diálogos, debates, consultas y reflexiones que han permitido dar forma a una visión compartida. No se trata de un documento elaborado por expertos ni de una propuesta diseñada desde una única organización. Se trata de una construcción plural, alimentada por experiencias diversas, trayectorias distintas y, a veces, también por desacuerdos productivos.
De este proceso está emergiendo lo que llamamos el Paradigma de Cooperación Basada en la Solidaridad. Es un paradigma que propone desplazar el centro de gravedad de la cooperación desde la ayuda hacia la solidaridad, desde la dependencia hacia la autonomía, desde la transferencia de recursos hacia la construcción de relaciones más justas, recíprocas y transformadoras.
La solidaridad, en esta visión, no es caridad ni benevolencia. Es el reconocimiento de que vivimos en un mundo profundamente interdependiente y que los desafíos que enfrentamos – la desigualdad, el cambio climático, los conflictos, las migraciones, el debilitamiento democrático – requieren responsabilidades compartidas. Supone también reconocer que el conocimiento, las capacidades y las soluciones existen en todos los territorios y que la cooperación debe dejar de organizarse en torno a jerarquías entre quienes enseñan y quienes aprenden, entre quienes financian y quienes ejecutan. Uno de los aspectos más valiosos de este proceso ha sido precisamente el camino recorrido. Porque el Foro no solo está proponiendo un nuevo paradigma; está intentando construirlo de la misma manera en que aspira que funcione la cooperación del futuro: a través del diálogo, la escucha, la diversidad de voces y la construcción colectiva.
Todavía queda mucho por hacer. El paradigma continuará siendo debatido, enriquecido y validado por actores de América Latina y de otras regiones. Pero algo importante ya ha ocurrido. En un momento en que muchas personas sienten incertidumbre sobre el futuro de la cooperación internacional, cientos de organizaciones están demostrando que también es posible imaginar alternativas. El desafío no es salvar un sistema que muestra signos evidentes de agotamiento, sino construir uno nuevo.
Nuestro proceso tendrá un momento especialmente significativo en noviembre, cuando presentemos públicamente el Paradigma de Cooperación Basada en la Solidaridad desde Chiloé, en el sur de Chile. No es una elección casual. Chiloé es el territorio donde vive una de las voces que más ha inspirado las reflexiones del Foro: Francisca Rodríguez Huerta, histórica dirigente campesina, fundadora de ANAMURI y referente de La Vía Campesina, quien lleva décadas defendiendo principios que hoy resuenan profundamente en nuestra propuesta: la soberanía de los pueblos, la reciprocidad, el cuidado de los bienes comunes, la autonomía de los territorios y la construcción colectiva de alternativas. Desde Chiloé queremos lanzar este paradigma al mundo, no como un producto terminado, sino como una invitación a repensar la cooperación internacional desde los territorios, desde las comunidades y desde las voces que durante demasiado tiempo han sido escuchadas menos de lo que merecen. Desde ese rincón del sur, nuestro afán es inspirar, dialogar e influir en los debates globales sobre el futuro de la cooperación.