Los donantes internacionales toman decisiones de redistribución de recursos basándose en evidencia. Pero ¿qué tipo de evidencia? En la mayoría de los casos: indicadores cuantitativos, métricas de alcance, informes de actividades, listas de beneficiarias. Sistemas diseñados para capturar lo que es fácil de contar — no lo que verdaderamente transforma.
Este no es un problema técnico. Es político. Porque cuando los marcos de evaluación no logran capturar las transformaciones que producen las organizaciones feministas, trans y de justicia social en los cuerpos, los territorios, las relaciones y los vínculos, lo que ocurre es una invisibilización sistemática de su valor. Y lo que se invisibiliza, no se financia.
El límite de las métricas en procesos de construcción de movimientos
Los sistemas convencionales de monitoreo y evaluación fueron diseñados bajo una lógica lineal: se ejecutan actividades, se producen productos, se alcanzan resultados predefinidos. Esa lógica no es neutral: privilegia lo verificable a corto plazo, lo individual sobre lo colectivo, lo cuantificable sobre lo relacional.
Pero las organizaciones feministas, de derechos humanos y de justicia social no operan bajo esa lógica. Sus transformaciones más profundas ocurren bajo dimensiones que los indicadores estándar no fueron diseñados para ver: la confianza que se teje entre movimientos que históricamente operaron en fragmentación; un lenguaje político compartido que emerge de meses de encuentro y análisis colectivo; la capacidad de sostenerse mutuamente en contextos de ofensiva anti-derechos; los cuidados que hacen posible que las personas continúen militando sin destruirse.
¿Cómo se mide, entonces, la solidaridad? ¿Cómo se captura en un indicador el momento en que una organización deja de sentirse sola?
Una evaluación que pueda ver lo que importa
Abordar esta brecha requiere marcos evaluativos que sean sistémicos y no lineales — capaces de reconocer que los procesos de cambio social tienen sus propios tiempos, que no se desarrollan en secuencias predecibles y que sus efectos más significativos frecuentemente se vuelven visibles mucho después de que un proyecto ha cerrado. Esto implica construir herramientas que integren evidencia cualitativa y relacional, y que coloquen en el centro las perspectivas de las organizaciones y comunidades evaluadas — no como informantes, sino como productoras de conocimiento sobre sus propias transformaciones.
En nuestra práctica de investigación y evaluación, esto se traduce en preguntas diferentes a las que suelen orientar los sistemas convencionales: no solo qué actividades se realizaron, sino qué vínculos se construyeron y cuánto pesan; no solo cuántas personas participaron, sino qué cambió en su forma de relacionarse, en cómo deciden y cómo se cuidan.
En un trabajo que realizamos junto a Astraea Lesbian Foundation for Justice y Fòs Feminista en la evaluación de un proceso transnacional de articulación entre movimientos de justicia trans y reproductiva en América Latina y el sur de los Estados Unidos, esa diferencia fue constitutiva: lo más significativo que el proceso generó — confianza entre organizaciones que no se conocían, un vocabulario político compartido, redes de sostén colectivo en momentos de crisis — no habría aparecido en ninguna tabla de indicadores. Habría sido, simplemente, invisible.
Y esa invisibilidad tiene consecuencias directas sobre el financiamiento.
Si los donantes evaluaran de otra manera, financiarían diferente
Cuando los sistemas de evaluación no logran capturar lo relacional, el cuidado, la articulación entre movimientos, los donantes toman decisiones basándose en una imagen incompleta y sesgada de la realidad. Financian lo que pueden medir, que suele coincidir con las organizaciones más institucionalizadas, con mayor capacidad de producir informes en los formatos requeridos, con agendas que se traducen con más facilidad a marcos de resultados estándar.
No se trata de pedir a los donantes que financien en base a la fe. Se trata de construir sistemas de evaluación capaces de producir la evidencia que actualmente está ausente — y de usarla para transformar las decisiones que definen quién existe y quién no en el mapa del financiamiento global.
Si los informes de fin de proyecto pudieran comunicar la densidad de los vínculos construidos, la profundidad del aprendizaje colectivo, la capacidad de los movimientos de sostenerse mutuamente en contextos adversos, los criterios de elegibilidad y los modelos de asignación de recursos cambiarían.
Ese es el argumento: la inequidad en el financiamiento no se reproduce solo por falta de voluntad política de los donantes. Se reproduce también porque los instrumentos con los que se evalúa el valor de las organizaciones no fueron diseñados para verlas.